BARRIO LA LATINA, TURISMO EN MADRID
El
barrio de La Latina es un área de Madrid (España), administrativamente
enclavada casi en su totalidad dentro del Barrio de Palacio en el distrito
de Centro. Seguramente toma su nombre del del antiguo hospital, fundado en
1499 por Beatriz Galindo La Latina. Ocupa una gran parte del denominado
Madrid de los Austrias y, aunque sus límites son difusos, podría afirmarse
que articulados en torno al eje de la Carrera de San Francisco -que desde
la Plaza de la Cebada discurre hasta la Basílica de San Francisco el
Grande- estos límites serían: al norte, la calle de Segovia –una profunda
rambla ocupada antiguamente por el Arroyo de San Pedro que vertía al Río
Manzanares y que se salva hoy a través de el El Viaducto-; al sur, la
Ronda y Puerta de Toledo; al este, la calle de Toledo –que limita con El
Rastro y el Barrio de Lavapiés- y, al oeste, la calle de Bailén.
Recorrido histórico
La Latina ocupa gran parte del Madrid más antiguo, a veces también
conocido como Madrid de los Austrias con el que coincide en gran medida, y
guarda una peculiar organización urbana propia de la distribución
medieval, con plazas amplias y calles estrechas que siguen el antiguo
recorrido de las aguas. Su configuración se solapa casi perfectamente con
los primeros recintos amurallados de la ciudadela del siglo IX –la
almudena- y de la ciudad –la medina- que la circundaba. En sus calles han
tenido presencia todos los hechos históricos sucedidos en Madrid en todas
las épocas, sin perder su carácter popular. En este sentido se puede decir
que La Latina constituye gran parte del verdadero centro histórico de
Madrid.
La edificación del barrio es mayoritariamente del siglo XIX sobre las
parcelas antiguas de edificios derruidos o derribados lo que mantiene el
urbanismo de calles estrechas y quebradas junto con grandes plazas. Se
trata de edificios muy característicos por sus grandes y muchas ventanas,
que a veces constituyen estrechas balconadas de forja, aleros ligeramente
sobresalientes con cubierta de teja árabe y fachada en mortero de color.
Constan de cuatro o cinco alturas, más divididas en pisos en función del
aumento de la altura, consagrándose en general la primera planta completa
a residencia del propietario y el resto a alquileres.
Como es nota en Madrid, la integración de los edificios nuevos es aquí
también nula y aparecen éstos rompiendo de vez en cuando el paisaje urbano
con sus diez plantas de altura y su ladrillo visto.
Particularmente característica fue la demolición del viejo Mercado de La
Cebada, inaugurado en 1875 para sustituir e institucionalizar la venta al
aire libre en la plaza del mismo nombre y dar satisfacción al nuevo gusto
modernista.
Los problemas de salubridad y la falta de conciencia histórica y estética
dieron a mediados del siglo XX al traste con el mercado –aunque el cercano
y gemelo Mercado de San Miguel sigue en pie para su contemplación-
construyéndose uno nuevo de hormigón que presume de su gran techo
abovedado que permite salvar unos enormes vuelos sin columnas, orgullo de
las nuevas técnicas arquitectónicas. Actualmente hay un proyecto de
reforma por parte del Ayuntamiento del mercado y las instalaciones
deportivas adjuntas, aunque su ejecución no se llevará de momento a cabo
por los problemas financieros que atraviesa el consistorio.
Como se ha dicho, la plaza de la Cebada funcionaba como mercado,
generalmente al por mayor, desde que en el siglo XV se habilitara para
este fin un gran espacio extramuros de la Puerta de Moros. En el siglo
XVIII ya se celebraban en este lugar las ferias de la ciudad y en el XIX
fue además testigo de las ejecuciones de relevancia popular como la del
General Rafael de Riego, ahorcado, o el bandido Luis Candelas por garrote
vil.
También ha de encontrarse una explicación histórica a las dos Cavas, en la
actualidad dos calles que transcurren casi paralelas repletas de comercios
y lugares de ocio y que originalmente marcaban el acceso a los huecos
excavados bajo la muralla que permitían el acceso y salida de la ciudadela
incluso con las puertas cerradas. En estas calles, en el siglo XVII,
empezaron a alojarse en posadas, fondas y hospederías los mercaderes que
venían de las diferentes zonas aledañas a Madrid a vender en el mercado.
Los viajeros y sus caballerías se alojaban, según su procedencia, en
instalaciones regidas por sus paisanos; instalaciones que fueron creciendo
en calidad y servicios creando una estructura comercial y de ocio a la
medida de estos visitantes profesionales con dinero fresco y escaso
control social. Actualmente se conservan sólo algunas de estas posadas y
la totalidad de la orientación al ocio gastronómico y tabernario, entre
los que cabe citar a Casa Lucio, La Soleá y muchos otros establecimientos
tradicionales de Madrid de la máxima relevancia en su género.
Desde la plaza de la Cebada y a través de la puerta de Moros se entraba en
la ciudad por la plaza de los Carros, llamada así por la parada de carros
dedicados a la distribución de mercancías procedentes del mercado. Adjunta
a esta plaza está la de San Andrés, donde en el lugar de la antigua
mezquita se erige la imponente Iglesia de San Andrés consagrada en honor
de San Isidro, patrón de la ciudad cuyo hijo -San Illán- fue salvado
milagrosamente de la caída a un pozo que puede contemplarse en la casa
adjunta a la citada iglesia, casa en la que habitaba el Santo con su
esposa Santa María de la Cabeza y que hoy constituye el interesante museo
de San Isidro sobre la historia de la ciudad.
Entrando a la vieja ciudad por la citada Puerta de Moros, dejando a la
derecha la iglesia de San Andrés, pasando en su momento incluso por debajo
de un pasadizo elevado que comunicaba la tribuna de esta iglesia con el
majestuoso Palacio de los Lasso -hoy derruido y sustituido por viviendas-
que fuera residencia de los Reyes Católicos en Madrid; hay un estrecho
paso que lleva hacia la Plaza de la Paja, un lugar que en el siglo XIII
era el centro del mercado de la antigua villa y donde, ya entonces, Juan
II de Castilla erigió la llamada Plaza del Arrabal, que posteriormente fue
Plaza Mayor de la villa. Alrededor de la plaza se ubicaban las casas y
palacios correspondientes a algunas de las más importantes familias, donde
-como se ha dicho- encontraban alojamiento los reyes de Castilla cuando
venían a la villa de Madrid.
La plaza de la Paja está presidida por la Capilla del Obispo, adosada a la
trasera de la citada parroquia de San Andrés y el palacio de los Vargas
–hoy Centro concertado de Educación Secundaria- únicos edificios antiguos
que permanecen en pie. Se ha dicho que este lugar recibe su nombre actual
de la costumbre de dar paja al cabildo de la capilla para las mulas que
utilizaban sus capellanes para pasear. Al otro lado de la plaza se
encuentra el Colegio de San Ildefonso, la institución de enseñanza
infantil más antigua de Madrid cuyos alumnos son aún los encargados de
cantar la Lotería Nacional.
Al final de la plaza de la Paja y sobre un balcón de la calle de Segovia,
encontramos el jardín del Príncipe de Anglona -un bello jardín neoclásico
en el que por las tardes no resulta difícil encontrar a los escolares del
citado colegio de San Ildefonso y de otros cercanos merendando y jugando-.
Y saliendo ya de la plaza por la calle del Príncipe de Anglona -dejando a
la izquierda el antiguo palacio-, presidida por la torre mudejar del siglo
XIV de la Iglesia de San Pedro el Viejo, -tal vez la torre más antigua en
pie de la capital- llegamos a dicha iglesia -alojamiento permanente de la
imagen de Jesús el Pobre- y a la calle del Nuncio, donde estuvo hasta el
siglo XX la nunciatura apostólica del papado en España, para perdernos por
estrechas calles en dirección a la Cava Baja.
Para finalizar el recorrido histórico merece la pena volver a la plaza de
la Paja y descender por la estrecha calle de Alfonso VI, llamada así en
honor del conquistador de Madrid y por ennoblecer su antigua denominación
de calle del aguardiente –por llevarse a cabo en esta calle gran parte de
la distribución de estos licores- y de la consiguiente fama asociada a
peleas y discusiones que dicho negocio al parecer provocaba.
Por ella se llega a la "Morería Vieja", probable centro de la antigua
ciudad árabe y posteriormente arrabal de moriscos irredentos y conversos,
durante mucho tiempo y hasta finales del siglo XIX en estado de ruina y
abandono, de todo lo cual pervive el nombre de la calle de la Morería y,
probablemente, el de la plaza del Alamillo, propuesta cristianización del
viejo alamud o tribunal árabe que se correspondería con algunos estudios
que adjudican a este lugar el viejo ayuntamiento moro (aunque tal vez sea
sólo referencia popular al viejo álamo que desde antiguo preside la
plaza).
En realidad son muchas las calles que tienen sujeto a discusión el origen
de su nombre. Tal vez la más interesante sea la citada de los Mancebos,
antes de los Dos mancebos, en probable referencia a los dos niños allí
encerrados –en el citado Palacio de los Lasso- y posteriormente
ajusticiados, acusados de la muerte accidental de Enrique I de Castilla en
Palencia por la caída de una teja. Otras teorías encuentran el origen del
nombre en los muchachos que se tenían de hospedaje en dicho palacio,
quiénes, desde las ventanas a la altura de la calle, se divertían
embromando a los viandantes.
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